(Un día como hoy, pero de 1769, nacía Napoleón Bonaparte)
LA MUJER EN TIEMPOS DE NAPOLEÓN
A los pocos días de arribar a París, siendo un adolescente mal vestido, pobre y oloroso, Napoleón entró lleno de miedos al Palais Royal, donde una prostituta le ofreció su cuerpo. Ésa fue la primera vez que no se negó.
Años más tarde, la mujer que lo conquistó fue Josefina de Beauharnais, con quien se casó en 1796. En diciembre de 1799, asumió como primer cónsul de Francia. De allí en adelante, actrices, cortesanas y amigas de su propia esposa dejaron en Napoleón su firma con rouge. ¿Y Josefina? Fue abandonada tiempo después porque no le dio un hijo varón.
En 1807, enloqueció por María Waleska de Polonia. Pero puso condiciones: “Si ella no se somete a mis deseos, no cuenten con el apoyo de Francia para independizarse”, le advirtió al gobierno polaco. Waleska accedió, se convirtió en su amante, tuvo un hijo y nunca vio a su Polonia libre.
La segunda esposa de Napoleón fue María Luisa de Austria, o “Vientre”, como él la llamaba reiteradamente para recordarle sus anhelos de supermacho semental. Y vaya si lo era: a todos los demás hombres les tenía prohibido hablar más de dos minutos con ella.
María Luisa finalmente le dio un heredero. Napoleón no lo disfrutó mucho: tres años después del nacimiento de su hijo tuvo que exiliarse en Elba y luego en Santa Elena, donde se deleitó por Betsy Balcombe, de tan sólo quince años.
El 5 de mayo de 1821, tras pasar los últimos días flotando en baños de vapor para sosegar su cáncer de estómago, Napoleón murió. Santa Elena, mujer hecha isla, ni siquiera quiso conservar el cuerpo.
ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA
viernes, 15 de julio de 2016
Alfred Nobel patenta la nitroglicerina como explosivo. Historia La Nitroglicerina fue descubierta por el químico italiano Ascanio Sobrero en 1847, trabajando en la Universidad de Turin. En 1867, el químico Alfred Nobel (1833-1896) creó la dinamita al absorber la nitroglicerina en una materia porosa e inerte (como el sílice, el polvo de ladrillo, la arcilla seca, el yeso, el carbón, etc.). Cuando Alfred Nobel inventó la dinamita, la cual es más segura, disminuyó el uso de la "nitro" (como también se le llama) para ser reemplazada por el nuevo invento. La nitroglicerina fue el primer explosivo práctico con mayor potencia que la pólvora negra.
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Una explosión había dejado marcada la cara del químico italiano Ascanio Sobrero en 1840. Fue en París, en el laboratorio de Théophile-Jules Pelouze, mientras estudiaba la acción del ácido nítrico sobre diversas sustancias y analizaba algunos explosivos que así se obtenían, como la nitrocelulosa. Otro miembro de esa familia es la nitroglicerina (1,2,3-trinitroxipropano), que él mismo descubriría en 1847. La denominó piroglicerina, y advirtió que era imposible manejarla con seguridad. De hecho, mantuvo el hallazgo en secreto durante un año.
A sus diecisiete años, el sueco Alfred Bernhard Nobel tenía aficiones literarias, pero había decidido dedicarse a la química. De hecho, viajó a París en 1850 a estudiar con Pelouze. Desde allí, contactó con Ascanio Sobrero. Nobel intentó domar la peligrosa sustancia, primero en San Petersburgo (Rusia), donde el padre de Alfred había montado una factoría de maquinaria y minas que quebraría poco después, y luego en Suecia.
Una semana antes de cumplir los treinta, el 14 de octubre de 1863, obtuvo la patente de un procedimiento para que aquel aceite explosivo actuara de manera controlada. En 1864, su hermano Emil y varios trabajadores fallecieron como consecuencia de una detonación en la fábrica de armamento que los Nobel poseían en Estocolmo, lo que estimuló aún más su determinación de llegar a dominar el compuesto.
Este se obtenía por la acción de ácido nítrico sobre glicerina, añadiendo ácido sulfúrico. Se trata de un líquido denso y oleoso, muy semejante a la glicerina, aunque algo amarillento. Parece inofensivo, pero puede estallar con solo agitarlo, y lo hace de modo muy potente. Y es que al descomponerse libera gran cantidad de gases. Dos moléculas de nitroglicerina dan lugar a diecisiete gaseosas, lo que significa que 454 gramos generan 380 litros de gases a presión y temperatura ambiente. En 1867, Nobel logró estabilizarla haciendo que se absorbiera en tierra silícea de diatomeas. La patente del explosivo le hizo muy rico con solo cuarenta años de edad. La nitroglicerina se utiliza también como vasodilatador en algunas dolencias cardiacas, un efecto que William Murrell ya describió en 1879. El propio Alfred Nobel, al que le fue prescrita mes y medio antes de su muerte, el 10 de diciembre de 1896, escribió: “¡Es irónico que me hayan recetado nitroglicerina por vía interna! La llaman trinitrina, para no meter miedo a la gente”.
La Iglesia de la Santísima Trinidad de #Caracas, es una iglesia bicentenaria de #Venezuela. Inicia su construcción el 5 de agosto de 1744 y fue inaugurada el 15 de julio de 1781. Fue destruida durante el terremoto del 26 de marzo de 1812. Su constructor fue Juan Domingo del Sacramento Infante. Hoy sobre los que fueron sus ruinas se halla la sede del Panteón Nacional de Venezuela La edificación fue completada por el fruto del trabajo de Infante, de las limosnas los feligreses y el ayuntamiento de Caracas. Luego de 36 años, el Coronel Juan Vicente Bolívar y Marques del Toro donaron solares para que la obra quedase finalizada en 1780. Juan Infante muere el 12 de diciembre de 1780, sus restos fueron enterrados en el altar mayor de la Iglesia, por orden del primer Capellán, el Presbítero Santiago Castro.
Luego de 31 años, el 26 de marzo de 1812, ocurre un terremoto que destruyó la ciudad de Caracas y gran parte de la poblados de Venezuela, quedando en ruinas a la iglesia.
Después de su destrucción en 1812, la iglesia tuvo varios intentos de ser reconstruida, resultando infructuosos. En 1874 el Presidente Antonio Guzmán Blanco, firma un decreto donde expropia el terreno de la iglesia para convertirla en lo que hoy es el Panteón Nacional de Venezuela
Simón Bolívar y la iglesia de la Santísima Trinidad Simón Bolívar y su familia están vinculados con la iglesia, pues su padre Juan Vicente Bolívar y Ponte contribuyó a la culminación de la obra. Posteriormente, a Simón Bolívar se le asocia con la iglesia de la Santísima Trinidad, debido a que los tres meses fue llevado a la Iglesia de la Santísima Trinidad para el bautismo. Tiempo después tomó su primera comunión de manos del obispo Mariano Marti.Posteriormente, en 1827, en su última visita a Caracas estuvo en donde se encontraban los escombros de la iglesia como consecuencia del terremoto de 1812. En el año 1842, sus restos son llevados a Venezuela, y antes de ser depositados en la iglesia San Francisco, estuvieron una noche en la iglesia
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De la capilla de Juan Domingo al Panteón Nacional En la Caracas de 1744, un hombre de fe tuvo un sueño y despertó con la idea de construir un templo dedicado a la Santísima Trinidad. Desde ese momento, y a pesar de las dificultades, no descansó hasta verlo terminado. La construcción le llevó 36 años de su vida y aunque pero no logró verlo inaugurado, murió tranquilo. Ese templo es hoy el Panteón Nacional, donde reposan los héroes de la patria, tanto civiles como militares, y donde muchos venezolanos proponen que sea llevado el presidente Chávez. De aprendiz a maestro albañil Juan Domingo del Sacramento Infante nació en Caracas hacia 1710, hijo de María Leocadia de Ponte. Como pardo, o sea de sangre mezclada, no tenía los mismos derechos que los blancos criollos y mucho menos que los peninsulares, debido a la férrea sociedad de castas que habían implantado los españoles, en la que hacía falta “limpieza de sangre” para acceder a ciertos privilegios, entre ellos a una educación universitaria. De todos modos, Juan Domingo era un joven entusiasta que había heredado de su madre la fe por la Santísima Trinidad y no le temía al trabajo, por lo que desde muy joven aprendió la profesión de alarife, como se le decía entonces a los albañiles, y en ella destacó hasta ser maestro mayor de albañilería. Infante trabajó en la construcción de los puentes Carlos III, en la parroquia la Pastora (entre las esquinas dos pilitas a Portillo), inaugurado en 1772, y el de la Trinidad, ubicado en lo que hoy es el Bulevar Panteón, sobre la quebrada Caroata. Con el arte de albañil bien aprendido le construyó a su madre una casa en el norte de la ciudad, cerca de la esquina de Las Mercedes, al lado izquierdo de la quebrada Catuche. De María Leocadia había aprendido la devoción por la Santísima Trinidad hasta el punto de que quiso formar parte de la orden de los hermanos trinitarios, debido a su gran vocación religiosa, pero fue rechazado por su condición social. Juan Domingo hizo gestiones ante el mismísimo Rey de España, pero todo fue en vano: se le ordenó que no se le permitiera pedir limosna ni vestir hábito ni escapulario de la Trinidad y que, si lo hiciese, el gobernador debía proceder contra él. Al parecer esto provocó un tremendo drama espiritual en el hombre. Pero su alma era indoblegable. Un sueño místico Una mañana de 1740 el piadoso Juan Domingo despertó tras haber soñado que dedicada su vida a construir un templo en honor de la Santísima Trinidad. Tomó entonces la irrevocable decisión de hacerlo. Solicitó permiso al cabildo Eclesiástico de Caracas, que se lo concedió. Faltaba entonces la autorización del Rey, como era de ley en esa época para una obra de tal envergadura. La real aprobación tardó un poco más pero llegó, finalmente, en 1743. Cumplido este requisito, la Iglesia de la Santísima Trinidad comenzó a ser construida el 5 de agosto de 1744, con dinero del propio peculio de Infante y las limosnas de los feligreses, así como ayudas del ayuntamiento caraqueño y los aportes del Coronel Juan Vicente Bolívar, padre del Libertador, y del Marqués del Toro, quienes donaron solares. Como el presupuesto a veces no bastara, parece que el infatigable Juan Domingo varias veces llegó a venderse como esclavo para recabar dinero y comprar materiales. Precisamente una de las tareas de la orden trinitaria, surgida en la baja edad media, era la de intercambiarse sus miembros por cristianos secuestrados por piratas en las costas mediterráneas. Juan Domingo se comportaba como un trinitario integral a pesar de no haber sido autorizado a ingresar en la orden. La edificación avanzaba a paso lento. Pero hubo otros obstáculos, además del poco dinero. El 21 de octubre de 1766 ocurrió el temblor de Santa Úrsula. Juan Domingo del Sacramento, junto con el alarife de la ciudad, José Leonardo Máñez, el albañil Juan de Fuenmayor y el regidor Juan Nicolás de Ponte, formó parte de la comisión encargada de evaluar los daños. El temblor solo causó algunas grietas y desplomes en las iglesias, excepto en San Lázaro y en la fábrica de la Trinidad. Juan Domingo no desmaya y, después de 36 años de labores, logra terminar la construcción, aunque no ve la inauguración, pues fallece en paz el 12 de diciembre de 1780. Su cuerpo, vestido con el hábito trinitario y la cruz roja y azul fue enterrado bajo el altar mayor de la Iglesia, en la bóveda que construyera con sus propias manos, por orden del primer capellán de ésta, el presbítero Santiago Castro. La Iglesia de la Santísima Trinidad fue inaugurada el 15 de julio de 1781. El Panteón Nacional El Libertador fue bautizado en la Catedral de Caracas como Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco. Tres meses después de su nacimiento fue llevado por sus padres al templo de Juan Domingo. Ese fue el primer encuentro del niño Simón con aquel lugar. Ocho años después, el joven Bolívar haría su primera comunión en ese mismo templo. El terrible terremoto del 26 de marzo de 1812, destrozó las estructuras de la Iglesia. Monte, escombros y soledad cubrieron durante muchos años sus ruinas, que fueron visitadas por El Libertador en 1827, cuando estuvo por última vez en Caracas. Pero hubo personas que no la dejaron arruinar, entre ellas el presbítero Luis Acosta, quien tuvo bajo su cargo la responsabilidad del techo de la nave central y la concluyó, hasta ser bendecida, el presbítero Rafael Hernández, que contrató al ingeniero José Gregorio Solano, a quien debemos el estilo neo gótico de la fachada; el ingeniero y educador Agustín Aveledo y el presbítero Bartolomé Suárez le dieron remate y gran impulso a la reconstrucción, que para 1874 se encontraba muy avanzada. El 27 de marzo de 1874, el presidente de la República Antonio Guzmán Blanco dictó su decreto N° 43 en el que convertía a la antigua iglesia de la Santísima Trinidad en Panteón Nacional. La intención era que los notables de la Patria pudieran reposar en un monumento laico, al igual que en otras capitales del mundo. El gobierno puso el mayor empeño para terminar la construcción confiando los trabajos de la obra a los ingenieros Julián Churión, Juan Hurtado Manrique, Tomas Soriano y Roberto García, quienes para mediados de 1875 ya la habían concluido. El 28 de octubre de 1876, día de San Simón, los restos de Bolívar fueron llevados a ese lugar solemne. Desde entonces, el Libertador descansa junto a otro luchador: Juan Domingo, el hombre que tuvo una idea y batalló hasta verla convertida en realidad.
En la Primaria, Mohandas no tenía piernas, lengua, ni ojos: allí, en la escuela, habitualmente se quedaba apartado en un rincón del aula, no hablaba con sus compañeros y tampoco se copiaba en los exámenes. Una tarde, el profesor de ortografía entregó una evaluación en la que los alumnos debían deletrear la palabra “tetera”. Mohandas la deletreó mal. El profesor quiso abrirle los ojos invitándolo a leer la hoja que estaba en el pupitre de al lado. Mohandas se negó. Fue el único reprobado de la clase, pero ciego, lo que se dice ciego, ya no estaba.
A los 13 años, por tradición india, los padres arreglaron su casamiento con una mujer llamada Kasturba, que le daría cuatro hijos y sería su esposa toda la vida.
No obstante, a pesar del compromiso, él era un adolescente. Como tal, arremetió contra las murallas de la timidez y del silencio convidándole a su boca todo tipo de fuegos. Pecando contra su propia religión, probó carnes calientes y prohibidas que le llenaron el apetito de sabores. Pecando contra su propia salud, fumó cigarrillos de tabaco que lo incitaron a cometer pequeños hurtos para seguir inhalando el vicio.
A los 18 años, luego de que renunciara a las tentaciones y sufriera la muerte de su padre y de su primer hijo, partió a Londres a estudiar Derecho. En aquellas tierras fue donde comprobó que algunos suelos pueden moverse: la primera vez que entró a un ascensor creyó que en realidad había ingresado a una habitación de hotel. El movimiento de la caja metálica casi lo mata del susto. Cuando Inglaterra por fin dejó de impresionarlo, Mohandas se compró un suntuoso sombrero, un bastón con mango de plata, empezó clases de baile, de violín y de francés, y aprendió a cantar el famoso “Dios salve a la Reina”. En junio de 1891, obtuvo el título y se dispuso a volver a la India.
Al regresar, la familia le dio la bienvenida con abrazos de luto: su madre había muerto mientras él viajaba en alta mar. Despejó su cabeza yéndose a Bombay, donde ingresó a un estudio jurídico. La defensa de su primer caso como abogado la construyó a base de pasos y no de palabras: luego de quedarse mudo en plena corte al momento de hablar, Mohandas caminó hasta la salida del recinto, dejó a su cliente sin aliento ni alegato, y nunca más volvió a entrar.
Pronto lo contactaron de Sudáfrica para ofrecerle un puesto. Aceptó. Le consiguieron un boleto de tren de primera clase con destino a Pretoria. Por negro, en pleno viaje, Mohandas y su equipaje salieron despedidos del vagón. Las raspaduras del golpe lo indujeron a interiorizarse en las condiciones de vida de los indios en el territorio. En sus primeros discursos se dio cuenta de que sus compatriotas no entendían su idioma. Por eso, ofreció sacarse el traje de abogado y ponerse el de docente: ya había aprendido a deletrear la palabra “tetera”.
El curso de enseñanzas en Sudáfrica duró 21 años. Allí, Mohandas habló sobre la “no violencia”, fundó el Congreso Indio de Natal, luchó hasta reducir la tasa impositiva, logró legalizar el matrimonio entre indios, se disfrazó de policía para que no lo lincharan y observó con cariño las celdas de la prisión. Desde una ventanita de la cárcel, Mohandas miraba cómo sus alumnos aprobaban todos los exámenes: cada vez que era sentenciado al metro cuadrado, ellos lo esperaban afuera mientras miles y miles de garrotazos les abrían las pieles. Ni uno de sus seguidores, nunca, levantó siquiera un dedo meñique.
En 1915, a los 45 años, retornó a su país de origen. Fue el poeta Tagore quien lo bautizó como “alma grande”. O como Mahatma. Mahatma Gandhi.
Con nombre nuevo y con pupilas también, recorrió la India de punta a punta. Vio, llorando impotencia, cómo 100 mil ingleses explotaban a más de 300 millones de indios que no tenían derecho a reír ni bostezar. Entonces, les mostró a los suyos que las carcajadas y los sueños son propiedades privadas, muy privadas, que se disfrutan más cuando se las hace públicas, muy públicas. Por eso, multitudes jamás vistas en la historia lo abrazaron de piernas para caminar juntos. Así, unos meses después, los obreros y él lucharon por el aumento de sueldo. Fue la primera vez que Mahatma ayunó por su pueblo: al tercer día comiendo hambre, el reclamo fue escuchado y los salarios aumentaron.
Pero aumentaron, también, las represiones policiales. El 13 de abril de 1919, pocos en la ciudad de Amristar estaban informados acerca de la “Ley Rowlatt”, que prohibía tajantemente cualquier tipo de reunión pública. Esa tarde, miles y miles de habitantes se congregaron en el jardín Jallianwala Bagh para protestar contra las acciones del gobierno. Las voces de repudio quedaron mudas muy rápido: horas después, el general Reginald Dyer llegó con un batallón de soldados, dio la orden y más de trescientas personas fueron acribilladas. Las otras se salvaron gracias a los fusiles. El general Dyer quiso seguir matando: las armas, luego de quince minutos de abatir hombres, mujeres y niños, fueron las que se quedaron sin balas ni ganas.
La rueca fue un ícono de la independencia india
Inglaterra no lo supo. Aquella masacre que quemó de tiros a los corazones muertos, también incendió el fervor de los corazones vivos. Porque los indios, a partir de allí, arrojarían en distintas fogatas las ropas y los alimentos traídos del extranjero, y la rueca aprendería a tejer cuerpos vestidos de libertad, muy propios y nada ajenos.
Gandhi agarrando un puñado de sal. El pueblo lo siguió. En los días posteriores, más de 80 mil personas fueron encarceladas por vender y comprar sal en las calles
Pero para independizarse del amo, primero hay que aprender a ser esclavo: los grilletes son hierros bobos que nunca van más allá de las manos. Otra vez encarcelado, y otra vez, y otra vez más, Mahatma liberó neurona a neurona para meditar y pensar. Pensando, tuvo una idea brillante: caminar. Ya del otro lado de las rejas, el 12 de marzo de 1930, emprendió la “Marcha de la Sal”, un movimiento que boicoteaba los excesivos impuestos del Imperio a este mineral. Alrededor de ochenta voluntarios lo acompañaron en su primer paso. Huella a huella, él y los suyos pisaron los caminos durante 24 días hasta arribar al pueblo costero de Dandi. Allí, ante los miles de ojos que se habían sumado a sus filas, se acercó a las orillas del océano Índico, tomó un puñadito de sal y lo ofreció a la India entera. ¿Acaso las olas también construyen fronteras? ¿Por qué esta agua que nos moja pertenece a pies sin un granito de arena? Con la sal en la punta de sus dedos, Mahatma convenció a su pueblo de tomar lo que era suyo. El mar lo asegura: no era sal. Lo que tenía Mahatma en la punta de sus dedos, en realidad, era polvo de hadas.
Mágico, increíble, irreal, así vio la prensa internacional a ese viejito miope de cincuenta kilos, que les siguió ganando las batallas a los reyes de la espada absolutamente desarmado, con un humilde taparrabo, unas chancletas mugrientas y un bastoncito hecho palo.
Tiunfo a triunfo, cuando la independencia dejó de ser sólo una palabra ilusoria y se transformó en una posibilidad real, la India, que hasta allí había sido una sola, se partió en dos. Los musulmanes que poblaban el territorio quisieron formar su propio estado, llamado Pakistán. El 15 de agosto de 1947, después de 32 años de lucha, la India fue libre, también lo fue Pakistán, y en realidad nadie lo fue del todo: ahora había hindúes viviendo en tierras musulmanas, y musulmanes viviendo en tierras hindúes. Al momento de dividir los territorios, se dispuso que cada quien debía trasladarse al lugar del mapa que le correspondía a su religión. Y el desfile de cuerpos comenzó, y la mudanza fue matanza: alrededor de quinientos mil individuos perdieron la vida en esos días de éxodo al cielo.
Mahatma, a modo de penitencia, volvió a ayunar. Tenía 78 años. Ya no le respondían las piernas ni tenía fuerzas para hablar cuando hindúes y musulmanes se le acercaron al oído para jurarle que iban a dejar de asesinarse. Acostado en una cama, sin alzar la voz ni la vista, Mahatma paró la guerra.
El extremista hindú Nathuram Godse fue quien lo asesinó. Al año siguiente, lo ejecutaron
Semanas más tarde, una bomba le explotó cerca. Él pegó un respingo, y luego continuó con la cadena de oración como si nada.
“Moriré a manos de un asesino”, le dijo a uno de sus mejores amigos.
Diez días después, el 30 de enero de 1948, tres disparos de pistola le dieron la razón.
jueves, 2 de junio de 2016
Jueves 2 de Junio 2016. CIUDAD: HISTORIA DE AMOR Aquella mañana de domingo ,Dia del Arbol, pude captar està imàgen de la vieja ciudad Son lojos de la hisoria. en medio de aquel bosque misterioso donde aun hay sonidos vivos que salen de las entrañas mismas de un pueblo dònde quizàs hay cosas remotas y desconocidas. Nos fuimos a ella porque tenemoss razòn moral para amarla y seguirle siendo fiel.A cada paso se siente su epopeya sin dejar de sentir sus miserias que la agobiaron, las miserias de siempre que no la han podido marchitar ni la despojaron de su alma.. Por esas calles en corrientes de piedras andan libremente sus pensamientos, anda su conciencia y cada centìmetro es algo sagrado, cada ladrillo es un monumento. Alli nos encontramos nuevamente con Mercedita Salom hablàndoles a los niños, a la gente que Bosque Urbano y el Centro de Historia convocò para la fiesta interminable del àrbol donde gente de todas las edades pudo escuchar esas historias de San Felipe "El Fuerte" mientras miràbamos las barbas del bosque en manto cubrièndo retazos de muros que aun guardan sentimientos simpàticos de lo que fuè aquella urbe colonial. Y esa ciudad tambièn nos miraba despojada de odios porque nunca los conociò.De sus ojos ...de su corazòn no salia otra cosa sinò amor, por eso nos recibia.Y los presentes pudieron darse cuenta que San Felipe "El Fuerte" tuvo y tiene clase de grandeza, su historia lo demuestra. Y es lo que ofrece nuestra ciudad de San Felipe de siempre, muchos han venido y se han quedado por algo que los llama.Y ella tiempre tiene mucho que entregarles. Y quienes venimos de su embriòn estamos agradecidos por su generoosidad, por lo tanto que nos ha dado. Se vive la realidad geogrpàfica y huamana de ella, se aspira su aliento que su flora nos ofrece de donde salen los vientos que braman para oxigenarnos la vida.Como lo hace ese bosque històrico que la vigila...la cuida Y en esa confluencia de la historia de Valle Hondo està ese bosque cubrièndo los restos de lo que fuè una llama de esperanza.Muros que estàn suspendidos en polvo sobre piedras de todos los tamaños arrastradas por el desbordamiento del rio Yurubì hacièndonos estar presentes en su corazòn para nunca dejarla. En esos rasgos del pasado seguramenrte es lo que justifica nuestra presencia de hoy. Y amo a mi ciudad como tantos porque su pueblo es luchador, se levantò despuès del insòlito traqueteo de la tierra que la quiso borrar en la hora nona de los santos oficios durante la oraciòn por Cristo aquèl Jueves Santo 26 de marzo de 1812. Y allì ,bajo la sombra de ese bosque, esta el barro hecho muro que nos hablan de sus proezas, nos dicen que hoy màs que nunca San Felipe tiene reciedumbre en la gallardìa de su gente. Y esos restos no son desperdicios del destino ni fuè la de una arquitectura pretenciosa donde funcionaban minorias hermèticas Siempre fuè pujante, aguerrida, abierta en todas sus esquinas. El fenòmeno telùrico que la atacò durante la conmemoraciòn del sacrificio del padre eterno, no se llevò todo.Quedò la fuerza de un pueblo como renacido de su nazareno.Quedò su naturaleza en simbolo de vida con toda su belleza en cuadros màgicos que aùn conmueven nuestros sentimientos y permenecen frente a nosotros despertando sus dias. Y quedò su bosque y quedò su historia y la otra y las que comenzaron a escribirse desde allì.Todo eso le pertenece a la humanidad. Y con todo lo que ha podido soportar San Felipe , la ciudad acurrucada entre montañas y la inmensidad del valle, sigue bella.Pero màs bella es para quienes se han atrevido reconstruirla a su modo.Tiene las virtudes que nos faltan.Nos corresponde continuar, ampliary profundizar las luchas para colocarla donde merece. Hay hombros arrimados parar abrir alamedas en su valle que sigue siendo verde entre matices inimaginables con un rio peleando buscando su oxigeno para abrazarse al mar. Seguirà la lucha recogida en su suelo materno, afirmativa en sus pasos para despojarse de infamias.Seguirà andante por encima de cualquier situaciòn miserable buscando su futuro hacia la gran fiesta triunfal de sus conquistas que nunca seràn lejanas.Porque en su gente hay conciencia que parece un motor dinamizador por consolidar sus derechos. Y lo hace tratando de ganar espacios, reconstruyendo cosas de significaciòn para su vida. Recuerdo al maestro Santiago Pol entonces profesor de la UNEY cuando dijo"...la luz yaracuyana serà acaso la causa de tanto ojo agudo, ò que tantos verdes juntos nos subyacen de tal forma que los lienzos son inundados de luz y verdes enceguecedores". Y cuàndo escuchè en medio de los restos de la iglesia Nuestra Señora de la Presentaciòn de San Felipe "El Fuerte" a los niños de la escuela "Trinidad Figueira" cantando el Himno al Arbol , de autores yaracuyanos, realmenrte me estremeciò, el orgullo me ahogaba .Fuè una oda en voces elevada a la esperanza , comprendì que mi ciudad nunca muriò aquella tarde del 26 de marzo de 1812. Y alli recordè el poema de una canciòn que siempre escucho :"... no hay muerte en el mundo que consiga matar una historia de amor...". Centro de Historia del Estado Yaracuy-ICEY williansyaracuy@hotmail.com 0416-8519938.
viernes, 27 de mayo de 2016
POEMA YARACUY (JOSE PARRA)
I Esta es mi tierra. Yaracuy la nombran. Yaracuy es río y es la hazaña Y el nombre de su selva Y su montaña preso en las aguas Que su plano alfombran.
II Su luz, su magia, su verdor asombran Y a orillas de las espumas que la bañan De su seno de miel surge la caña Para endulzar los labios que la nombran.
III Es tierra oscura… mas si en paz florece Y en el vaivén del corazón nos crece El cobre de su glóbulo aborigen.
IV Vemos entonces sus azules sendas Y hasta oímos la voz de sus leyendas Llenándonos la noche del origen.
José Parra, poeta y cronista. Nació en Chivacoa el 7 de marzo de 1907 Murió en 1993.
SÍMBOLOS NATURALES Y PATRIOS (PARTE II DE III)
La importancia que tienen los Símbolos Naturales en Venezuela radica en que estos nos representan como venezolanos, además tenemos a los Símbolos Patrios que también nos representan como venezolanos, estos Símbolos son importantes ya que son una representación de nuestra nación donde nacimos, y son reconocidos por otro país. Generalmente estos se formulan a partir de representaciones visuales o verbales que pretenden difundir los valores de la historia o de los personajes celebres del país.
Ahora bien, según el Artículo 8 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se establece que: “La bandera nacional con los colores amarillo, azul, rojo; el himno Nacional Gloria al Bravo pueblo y el escudo de armas de la República son los símbolos de la Patria. La ley regulará sus características y significados y usos.
El Himno «Gloria al Bravo Pueblo» es una composición musical patriótica venezolana de 1810, la cual fue establecida como Himno Nacional de Venezuela decretado el 25 de mayo de 1881 por el presidente Antonio Guzmán Blanco. La letra pertenece a Vicente Salías y la música a Juan José Landaeta. Se ha dicho que la melodía ya era conocida como «La marsellesa venezolana» desde 1840. En los últimos años, algunas investigaciones han sugerido que el verdadero autor de la letra podría haber sido Andrés Bello y la música fue compuesta por Lino Gallardo.
Lectura al Día
Publicado en el Yaracuy al Día el Jueves 26 de Mayo de 2016. Página 2.