sábado, 27 de agosto de 2016

Lavoisier: Grandes éxitos de la Química Barroca

En sus primeros cien años, la Química había dado muchos tumbos. Algunos químicos seguían con mentalidad de alquimista, como el que descubrió el fósforo por casualidad buscando oro en la orina. Como en la Edad Media, hablaban de aceite de vitriolo en lugar de ácido sulfúrico y recurrían a una sustancia imaginaria, el flogisto, para tapar los agujeros de unas teorías que no habían cambiado desde de la Grecia antigua. Antoine de Lavoisier logró sacar a la Química de aquel callejón sin salida pero, pese a ser un revolucionario científico, murió guillotinado en 1794 porque en la Revolución Francesa cayó en el bando equivocado. Nacido en un una rica familia parisina, heredó una fortuna a los 25 años, recién admitido en la Academia de las Ciencias, y decidió invertir en una compañía privada que recaudaba impuestos para el Estado y se ensañaba con los pobres.
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Grabado de Antoine-Laurent Lavoisier, en su laboratorio. Autor: Louis Jean Desire Delaistre
Ese mismo negocio que le llevó a la guillotina le permitió montar el mejor laboratorio privado de la época sin reparar en gastos. Le obsesionaba medir y pesar todo con exactitud y así derribó las creencias en la vieja teoría de los cuatro elementos (aire, agua, tierra y fuego), según la cual el agua podía transmutarse en tierra. Al hervir agua durante mucho tiempo aparecía un residuo sólido en el fondo del recipiente, así que ¿cómo atreverse a dudar de la evidencia? Lavoisier lo hizo y, con sus precisos experimentos, demostró que el recipiente de vidrio perdía un peso igual al del sedimento que aparecía.
Siguió prosperando al casarse con la hija de un directivo de su compañía. Hicieron muy buena pareja en el laboratorio: ella tomaba notas de sus experimentos, le dibujaba las ilustraciones y le traducía artículos científicos en inglés. Juntos abordaron el tema candente de la química del siglo XVIII: ¿por qué unas cosas arden y pierden peso al calentarlas, mientras que otras, los metales, se cubren de óxido y ganan peso? Lavoisier sospechó que lo que ganaban los metales lo perdía el aire y siguió las pistas dejadas por otros químicos.
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Se perdió varias veces y se equivocó otras tantas, hasta que el inglés Priestley le habló de una nueva clase de aire, que hacía que las cosas ardieran mejor, o se oxidaran antes, y con la que los ratones sobrevivían el doble de tiempo y muy activos en un recipiente sellado. Lavoisier repitió los experimentos de Priestley y se apropió del descubrimiento de ese nuevo elemento que formaba parte del aire y al que llamó oxígeno (“generador de ácido”, en griego), creyendo por error que estaba presente en todos los ácidos.
De error en error, llegó al acierto final: su Tratado elemental de química (1789), publicado el año de la Revolución Francesa. En él explicó que la combustión, la oxidación de los metales y la respiración de los animales son en realidad un mismo tipo de procesos: reacciones en las que se consume oxígeno. Al experimentar en recipientes cerrados, comprendió que en las reacciones químicas no se perdía ni ganaba peso. Puedes quemar esta hoja y convertirla en humo y cenizas, pero la cantidad total de materia sigue siendo la misma: se puede transformar, pero no eliminar. Es la ley de la conservación de la masa de Lavoisier, la primera teoría científica que tuvo la Química.
También les dio a las sustancias químicas sus nombres modernos y creó la primera tabla de los elementos, en la que ya no estaban aire y agua, pero todavía incluía la luz y el calor. A pesar de sus errores y de que no descubrió ningún elemento, supo recopilar los descubrimientos de otros y darles un sentido que no tenían por separado. Al día siguiente de su ejecución, el matemático Lagrange lo recordó así: «Bastó un instante para cortar esa cabeza, y cien años puede que no sean suficientes para dar otra igual».
Francisco Doménech para Ventana al Conocimiento

jueves, 25 de agosto de 2016

Miles de relojes biológicos mantienen en hora el cuerpo humano

Ya sabíamos que nuestro cerebro esconde un eficaz reloj biológico, que dicta que por la noche tengamos sueño o al mediodía nos entre el hambre. Pero ese no es nuestro único cronómetro interno, según nos han descubierto recientes estudios genéticos: hay miles de relojes biológicos ocultos por el resto del organismo dirigiendo actividades específicas en el corazón, el páncreas, la piel, los pulmones… Mantener sincronizados estos otros relojes con el cerebral, gracias a una puntual rutina diaria, ayuda a controlar el peso y puede optimizar tratamientos como la quimioterapia contra el cáncer.

Ciclos circadianos

El cuerpo humano nace de serie con un reloj biológico que lo sincroniza con el ritmo de la naturaleza. Este cronómetro corporal nos ata a los ciclos circadianos de luz y oscuridad, debidos a la rotación de la Tierra en su recorrido alrededor del sol. Nuestro reloj interior nos pone a dormir al anochecer y nos despierta con el alba. Estos ciclos de 24 horas no solo determinan los ritmos de sueño, también repercuten en la regulación de la temperatura, la producción de hormonas o las funciones del aparato digestivo.
El primero en investigar sobre ritmos circadianos fue el astrofísico francés Jean-Jacques Dortous de Mairan en 1729, cuando diseñó un experimento para determinar si los seres vivos mantenían estos ciclos. Primero, Mairan observó como una planta de mimosa abría sus hojas durante el día y las cerraba de noche. Después, comprobó como esa misma planta seguía la pauta en la oscuridad absoluta de un armario (al menos durante un tiempo). Algo en el interior del vegetal parecía mantener aquella apertura y cierre diarios.
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La planta mimosa fue uno de los primeros seres vivos donde se descubrió el ritmo circadiano. Crédito: Elba Cabrera.
No fue hasta la década de 1970 cuando se ubicó el reloj circadiano en humanos. Está en el núcleo supraquiasmático, una estructura cerebral localizada detrás de los ojos, en el hipotálamo, que detecta las señales luminosas que entran por las pupilas, distinguiendo cuando es de día y cuando es de noche. El núcleo supraquiasmático envía señales por el cerebro y el cuerpo, que controlan los cambios diarios de presión arterial, temperatura, nivel de actividad y estado de alerta, y también le indican a la glándula pineal del cerebro cuando liberar melatonina, algo que solo ocurre por la noche, para inducir el sueño.

Puntualidad genética

Gracias al avance en la investigación a nivel genético, hoy sabemos que además de este reloj central, situado en el cerebro, hay muchos otros relojes periféricos repartidos por todo el cuerpo, que controlan la actividad de zonas específicas. Estos miles de relojes periféricos funcionan de forma parecida al reloj central, pero de manera concreta sobre el corazón, el hígado, el páncreas o la piel, en lugar de actuar sobre todo el organismo.
El reloj circadiano influye en muchos de los procesos fisiológicos del cuerpo humano. Crédito: Wikimedia Commons
El reloj circadiano influye en muchos de los procesos fisiológicos del cuerpo humano. Crédito: Wikimedia Commons
Así, en respuesta a un estímulo externo, los genes del interior de las células que forman estos órganos o tejidos se activan y provocan actividad celular (despiertan funciones concretas de esos órganos o tejidos). Cada zona tiene su hora de mayor y menor ajetreo, porque como explica el cronobiólogo John Hogenesch de la Universidad de Pennsylvania (EEUU), que en 2014 publicó el atlas de los genes circadianos del ratón, la actividad de casi la mitad de todos los genes de mamíferos varía de forma regular a lo largo del día. Por ejemplo, en los pulmones reducen su actividad por la noche, por lo que entonces es más probable sufrir un ataque de asma.
En el año 2000, un estudio en ratones determinó que los relojes periféricos pueden desacoplarse del central con solo cambiar los horarios de las comidas. Para conseguirlo, alimentaron a los roedores solo de día, cuando suelen estar dormidos. Los ratones con los relojes desacoplados engordaban más, comiendo lo mismo, que los que los tenían sincronizados.
En los humanos sucede algo parecido. Según un estudio de la nutricionista Gerda Pot, del King’s College de Londres, que analizó los hábitos de 5000 ingleses, con datos recogidos desde 1946, los adultos que no comen de forma regular tienen mayor riesgo de sufrir problemas cardiovasculares y diabetes. Además, la presencia de diabetes, obesidad y problemas cardiovasculares entre trabajadores nocturnos es mayor. Y las personas que no mantienen un horario regular para alimentarse, o aquellas que viven de noche y duermen de día, experimentan más alteraciones como fatiga crónica o falta de apetito.

Ventajas de la rutina

Para mantener en hora todos los relojes biológicos, lo idóneo es llevar una rígida rutina diaria respecto al descanso, la actividad física y la alimentación. Frente a la mala prensa, en este caso una vida monótona ayuda al buen el funcionamiento del organismo. Tener los relojes corporales sincronizados controla el peso y puede ser fundamental para optimizar determinados tratamientos. Por ejemplo, tomar las pastillas para la tensión antes de irse a dormir, en lugar de por la mañana, es más efectivo.
En el caso de los tratamientos contra el cáncer, suministrar la quimioterapia según los ritmos corporales puede tener importantes ventajas. Las células cancerígenas se caracterizan por ser arrítmicas y duplicarse constantemente, en un cuerpo que bien sincronizado mantiene sus ciclos. Dar quimioterapia en el momento adecuado podría atacar el tumor con menos efectos secundarios para el resto del órgano o tejido, si no está activo. Y para eso hay que conocer al detalle el ritmo de su reloj biológico específico.
Bibiana García Visos para Ventana al Conocimiento

viernes, 19 de agosto de 2016

Willians Ojeda Garcia actualizó su foto del perfil.
3 h
Viernes 19 de Agosto 2016
XX JUEGOS OLIMPICOS DE MUNICH 1972
Cuando se desarrollan actualmente los Juegos Olimpicos de Rio de Janeiro-Brasil 2016 ,vienen a mí los recuerdos de aquellos XX Juegos Olimpicos de Municih-Alemania 1972 a donde asistì junto a mi amado padre Nicolás Ojeda Parra y mi querido hermano Héctor ¨Nino¨ Ojeda Garcia, ambos fallecidos pero hoy más que nunca presentes en mi coirazón. En la fotografia estoy junto a mi progenitor en el parque escenario de las olimpiadas de entonces.
Generalmente se piensa que la celebraciòn de unos juegos olímpicos es la fiesta de mayor trascendencia del deporte en el planeta.El encuentro humano de la solidaridad por la paz, por la hermandad entre los pueblos. Deberìa ser así , tal como ocurrieron en los juegos olimpicos que le antecedieron celebrados en México 1968 que terminaron con alegría que se vaía en rostros de atletas extendidos hacia el mundo y que además dejó un saldo positivo para Venezuela por la extraordinaria actuaciòn de nuestros jòvenes atletas como fue el logro de la medalla de oro lograda por el boxeador Francisco ¨Morochito¨Rodriguez en los pesos mínimos cuya medalla trajo a San Felipe cuando se inaugurò el gimnasio cubierto ¨Nicolas Ojeda Parra¨el 26 de Abril de 1969 por parte del Presidente de la Repùblica Dr Rafael Caldera.
Pero eso no ocurriò en Munich, recuerdo.En aquellla bella ciudad que pateamos de arriba a bajo logrò reunir 6.065 hombres y 1.058 mujeres, todos atletas de 195 paises compitiendo en 21 deportes y 195 especialidades. Pareciera mucho tiempo pero la memoria no nos abandona y poder ver aquella hoja de su triste história que sigue viva como la cicatriz que nunca cierra.
Los hechos que envolvieron aquellos juegos vìctimas de la barbarie trerrorista jamás se olvidarán mientras la crónica, recolectora de memorias , cumpla su funciòn y sirva para reflexionar y despertar conciencia. Y se hace recuerdo de aquellos juegos que comenzaron a desarrollarse con registros de hazañas increíbles pero que al poco tiempo cuando apenas quedaban seis dias para concluir la gran fiesta deportiva universal ésta se convierto en campo de batalla donde desquiciados mercenarios provocaron una guerra ajena al propòsito del encuentro deportivo de los pueblos dejando una marca lastimosa en los cronómetros de la locura politica.
Por cosas del destino en esos dias estuve en Munchi como ya les dije junto a mi padre Nicolas y mi hermano Nino en esel Septiembre que encegueció el panorama como uno de los hechos más insólitos en unos juegos olímpicos y que se conoce como LA MASACRE DE MUNICH, donde un comando terrorista tristemente llamado ¨Septiembre Negro¨ buscaba la medalla del crìmen acabando con la vida de varios atletas en asalto a la villa olìmpica mientras los atletas dormian justidicando causas endemoniadas para elevar un supuesto ego revolucionario que terminò con sangre inocente derramada manchando al deporte mundial.
No nos imaginábamos de lo que podria ocurrir en aquellos juegos. Viajámos a Munich en un aparato de Lufthansa procedente de Madrid donde nos habiçíamos alojado en casa de la inolvidable Elena Lozada Yánes, sanfelipeña de corazòn, amiga de la familia, donde residia desde hace algún tiempo mi hermano menor Nino que estudiaba en España.
Papeles por aquì y papeles por acá en el aeropuerto alemán donde funcionarios ojos azules y pelos bachaco nos preguntaban de todo con un español y un inglés atropellado muy lejos del hablaban sus congéneres de la Colonia Tovar , afortunadamente mi hermno se podia comunicar con esos tipos pués habia aprendido algo del idioma aglosajòn en Irlanda.
Nuestras pobres maletas las volteaban buscando no sé que cosas . Nos obligaron a pasar por un estrecho lugar donde habian aparatos para detectar metales y hasta unos perros pastores amaestrados hambrientos con cara de policias están metiendo olfato y ojo a todo mientras mostraban sus cierras de colmillos.
Recuerdo muy bien que en una pared vi un afiche donde se leía ¨Walcome XXXh Olynpiad Munchen 1972¨ precedido de la imàgen de un simpàtico perrito que tenia por nombre ¨Wald¨, mascota de los juegos olimpicos. Por fin pasamos cuando nos macharon los pasaportes.
Seguramente no pasaba por la mente de aquellos funcionarios que los terroristas armados hasta los dientes que provocaron el velorio, tenìan tiempo merodeando la villa olimpica. Al abordar un taxi Mercedes Benz y a travesar la ciudad de Munich nos dimos cuenta que es una metrópoli hermosa. La conductora una preciosa catira políglota nos contò que al terminar la primera guerra mundial Munich se convirtiò en el foco de movimientos que rechaban las condiciones de paz que el Tratado de Versalles imponía a Alemania, además de muchas otras cosas nos contò.
Pero ni en sueños se creyó que mucho tiempo después Munich seria escenario de una acciòn criminal terroriosta durante el desarrollo de los XX Juegos Olimpicos cuya sede le otorgó el Comité Olimpico Internacional reunido en Roma en 1965 donde estaban los ojos de millones de personas de todo el mundo pediente de su desenvolvimiento.. Estos juegos fueron inaugurados el 26 de Agosto de 1972.
Por primera vez en unos juegos olimpicos una mujer, la alemana Heidi Shueller, prestó juramento a todos los deportistas. Desde cierta distancia se pudo ver glorias del olimpismo como como al conocido ¨Tarzán¨Johny Wesimuller, Orson Owens y Abeba Bikila que llamaron la atenciòn de tantos curiosos juntos incluyendo los de San Felipe.
Un dia esplèndido, recuerdo, todo estaba tranquilo.Los 4.000 periodistas que habian llegado a la ciudad desde todas partes del mundo narraban el eufórico ambiente que reinaba por doquier. Como llegamos antes de la inuaguraciòn pudimos observar que en los alrededores de Munich hay muchos lagos como el Anmerse. Cuando se inauguraron los juegos aquello realmente era una fiesta. Caras y lenguas raras por todas pertes, gente de distintas nacionalidades compàrtian dias con rostros de hermandad. Marck Spitz ganador de siete medallas de oro en nataciòn con siete récord mundiales y la australiana Shane Gould fueron los atletas sensacionales de aquellos juegos que pidimos ver . Vimos también la proeza de Andrea Gyarmanti récprd en los 100 metros mariposa, a Andrea Balezo oro en pentlatón, Alí Búa medalla de oro y récord mundial en los 400 metros vallas, Steve Genter oro y plata en nataciòn, Teófilo Stevenson oro en el peso pesado de boxeo. Por cierto que el boxeador cubano Orlando Martinez en los 54 kilogramos ganó oro y en alguna otra ocasiòn se enfrentò al yaracuyano Jovito Rengifo.
El cinco de septiembre fue la masacre donde murieron varios atletas y varios terroristas y cuyo homenaje a los fallecidos deportistas israelìes pudimos presenciar en el estado olimpico. Luego les contaré el resto de aquella tragedia y lo que tuvimos que vivir en esos dias en Munich. Y bueno años después, 1976, fui con mi padre Nicolás a los Juegos Olimpicos de Montreal-Canadá, eso es otra cosa. Será la crònica vivida la que haga el resto de estos recuerdos que el tiempo los hace memoria..
Hasta pronto.
williansyaracuy@hotmail.com 0416-8519938
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miércoles, 17 de agosto de 2016

ANIMALARIO
Pablo Neruda nunca aprendió a multiplicar y a dividir porque en las horas en las debió aprender a multiplicar y a dividir, él, en cambio, prefirió seguir sumando: de escarabajos colmó sus bolsillos, y de arañas peludas todas sus cajas.
En una reunión familiar durante su infancia degollaron a un cordero y, con la sangre, llenaron una copa. Una copa para Neruda, que se la tomó a regañadientes. Nadie se dio cuenta de que en la sangre también flotaba un trauma.
En Puerto Saavedra, lugar donde veraneó en su adolescencia, descubrió el mar y juntó algunas caracolas. Fueron las primeras, de las más de siete mil que coleccionó en su vida.
En 1921, a sus 17 años, ganó el concurso anual de poesía de la Federación de Estudiantes, en Santiago. Por su voz aflautada, de grillo en desarrollo, un compañero suyo subió al escenario de premiación y habló por él.
En 1927, mientras ejercía la función de cónsul chileno en Birmania, conoció a Josie Bliss, la primera mujer con la que convivió. Josie Bliss, enferma de celos, solía caminar alrededor de la cama con cuchillo en mano. Josie Bliss, para Neruda, fue la “Pantera”.
Al poco tiempo, en Colombo, su perro Cutaco lo salvó del tren y de la muerte.
En 1934 se enamoró de Delia del Carril, su segunda esposa. Delia del Carril era una mujer tan luminosa como inquieta que soltaba los reproches pellizcando con las uñas de los dedos, como si picara. Delia del Carril, para Neruda, fue la “Hormiguita”.
Cuatro años después adquirió una casa con vista al mar a la que llamó “Isla Negra”. En los bosques que rodeaban a la vivienda de San Antonio cazó todo tipo de mariposas y organizó rutinas de fin de semana para ir a escuchar el canto de los pájaros.
Una década más tarde fue perseguido en su país por agentes de investigaciones y centenares de carabineros con orden de disparar. Había cometido el delito de alzar la voz en defensa de los obreros que se morían en las minas de carbón. Entre principios de 1948 y 1949 vivió clandestinamente en las casas de sus amigos. Y en sus patios, claro: aun con el peligro de que una bala le entrara por la frente, él salía a los jardines y colocaba frasquitos con agua y azúcar en los arbustos. ¿Para qué? Para atraer a los colibríes.
A mediados de febrero de 1949, se propuso escapar de Chile. A lomo de caballo atravesó la Cordillera de los Andes y tocó suelo argentino. Llevaba consigo una documentación falsa. No figuraba como poeta. Figuraba como ornitólogo, especialista en aves.
El 21 de octubre de 1971, luego de haber publicado más de 30 títulos desde el primero en 1923, recibió el premio Nobel de Literatura. En ese entonces era embajador de Chile en Francia. Allí, en la embajada, escuchó la noticia. Pero no la escuchó solo: el león de peluche que estaba en su despacho no pudo rugir de felicidad, pero también quiso.
El 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe de estado encabezado por Augusto Pinochet, Pablo Neruda murió de cáncer y de tristeza en la clínica Santa María.
Camino al velatorio en su casa de “La Chascona”, el coche fúnebre que trasladaba al poeta que en sus líneas había mencionado desde ranas hasta bueyes, desde elefantes hasta medusas, desde leopardos hasta lagartijas, pasó por la puerta del Zoológico Nacional de Chile, como si supiera.
La Chascona, horas antes de transformarse en funeral, fue allanada por los militares de turno, que rompieron las ventanas, quemaron los libros, destruyeron los cuadros…y la inundaron. La inundaron desviando el canal de agua que pasaba por arriba de la casa.
Se creyeron, quizás, que así iban a poder ahogar a Neruda y a su canto entero. Se olvidaron, quizás, que el símbolo favorito de Neruda era justamente el pez.
El pez.
Porque los pescados eran ellos.
ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA

lunes, 15 de agosto de 2016

(Un día como hoy, pero de 1769, nacía Napoleón Bonaparte)
LA MUJER EN TIEMPOS DE NAPOLEÓN
A los pocos días de arribar a París, siendo un adolescente mal vestido, pobre y oloroso, Napoleón entró lleno de miedos al Palais Royal, donde una prostituta le ofreció su cuerpo. Ésa fue la primera vez que no se negó.
Años más tarde, la mujer que lo conquistó fue Josefina de Beauharnais, con quien se casó en 1796. En diciembre de 1799, asumió como primer cónsul de Francia. De allí en adelante, actrices, cortesanas y amigas de su propia esposa dejaron en Napoleón su firma con rouge. ¿Y Josefina? Fue abandonada tiempo después porque no le dio un hijo varón.
En 1807, enloqueció por María Waleska de Polonia. Pero puso condiciones: “Si ella no se somete a mis deseos, no cuenten con el apoyo de Francia para independizarse”, le advirtió al gobierno polaco. Waleska accedió, se convirtió en su amante, tuvo un hijo y nunca vio a su Polonia libre.
La segunda esposa de Napoleón fue María Luisa de Austria, o “Vientre”, como él la llamaba reiteradamente para recordarle sus anhelos de supermacho semental. Y vaya si lo era: a todos los demás hombres les tenía prohibido hablar más de dos minutos con ella.
María Luisa finalmente le dio un heredero. Napoleón no lo disfrutó mucho: tres años después del nacimiento de su hijo tuvo que exiliarse en Elba y luego en Santa Elena, donde se deleitó por Betsy Balcombe, de tan sólo quince años.
El 5 de mayo de 1821, tras pasar los últimos días flotando en baños de vapor para sosegar su cáncer de estómago, Napoleón murió. Santa Elena, mujer hecha isla, ni siquiera quiso conservar el cuerpo.
ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA
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viernes, 15 de julio de 2016

Alfred Nobel patenta la nitroglicerina como explosivo.
Historia
La Nitroglicerina fue descubierta por el químico italiano Ascanio Sobrero en 1847, trabajando en la Universidad de Turin. En 1867, el químico Alfred Nobel (1833-1896) creó la dinamita al absorber la nitroglicerina en una materia porosa e inerte (como el sílice, el polvo de ladrillo, la arcilla seca, el yeso, el carbón, etc.).
Cuando Alfred Nobel inventó la dinamita, la cual es más segura, disminuyó el uso de la "nitro" (como también se le llama) para ser reemplazada por el nuevo invento.
La nitroglicerina fue el primer explosivo práctico con mayor potencia que la pólvora negra.

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Una explosión había dejado marcada la cara del químico italiano Ascanio Sobrero en 1840. Fue en París, en el laboratorio de Théophile-Jules Pelouze, mientras estudiaba la acción del ácido nítrico sobre diversas sustancias y analizaba algunos explosivos que así se obtenían, como la nitrocelulosa. Otro miembro de esa familia es la nitroglicerina (1,2,3-trinitroxipropano), que él mismo descubriría en 1847. La denominó piroglicerina, y advirtió que era imposible manejarla con seguridad. De hecho, mantuvo el hallazgo en secreto durante un año.

A sus diecisiete años, el sueco Alfred Bernhard Nobel tenía aficiones literarias, pero había decidido dedicarse a la química. De hecho, viajó a París en 1850 a estudiar con Pelouze. Desde allí, contactó con Ascanio Sobrero. Nobel intentó domar la peligrosa sustancia, primero en San Petersburgo (Rusia), donde el padre de Alfred había montado una factoría de maquinaria y minas que quebraría poco después, y luego en Suecia.

Una semana antes de cumplir los treinta, el 14 de octubre de 1863, obtuvo la patente de un procedimiento para que aquel aceite explosivo actuara de manera controlada. En 1864, su hermano Emil y varios trabajadores fallecieron como consecuencia de una detonación en la fábrica de armamento que los Nobel poseían en Estocolmo, lo que estimuló aún más su determinación de llegar a dominar el compuesto.

Este se obtenía por la acción de ácido nítrico sobre glicerina, añadiendo ácido sulfúrico. Se trata de un líquido denso y oleoso, muy semejante a la glicerina, aunque algo amarillento. Parece inofensivo, pero puede estallar con solo agitarlo, y lo hace de modo muy potente. Y es que al descomponerse libera gran cantidad de gases. Dos moléculas de nitroglicerina dan lugar a diecisiete gaseosas, lo que significa que 454 gramos generan 380 litros de gases a presión y temperatura ambiente. En 1867, Nobel logró estabilizarla haciendo que se absorbiera en tierra silícea de diatomeas. La patente del explosivo le hizo muy rico con solo cuarenta años de edad.
La nitroglicerina se utiliza también como vasodilatador en algunas dolencias cardiacas, un efecto que William Murrell ya describió en 1879. El propio Alfred Nobel, al que le fue prescrita mes y medio antes de su muerte, el 10 de diciembre de 1896, escribió: “¡Es irónico que me hayan recetado nitroglicerina por vía interna! La llaman trinitrina, para no meter miedo a la gente”.
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